Titiritero, dramaturgo, poeta y narrador
Javier Villafañe (1909 – 1996). Fue uno de los padres del moderno movimiento titiritero en la Argentina y en Latinoamérica. Nació y murió en Buenos Aires, pero su vida profesional fue una larga sucesión de viajes que lo convirtieron en ciudadano de todas partes. Sólo parcialmente fueron viajes de esos que realizan las personas exitosas invitadas a participar de eventos, a dar charlas o a realizar presentaciones. Villafañe inventó el viaje como modo espiritual de vida. Contaba que un día, desde el balcón de la casa de su hermano, él y su amigo Juan Pedro Ramos, también poeta, vieron pasar un carro cargado de heno y sobre éste un muchacho acostado “mirando el cielo mientras masticaba un pastito largo y amarillo”; que eso los inspiró a armar la carreta La Andariega con el teatrillo de títeres incorporado y a emprender un viaje por los caminos de provincia guiados por el animal de tiro, a su antojo, sin metas, sin tiempo. Corría el año 1935 y el proyecto llevó alrededor de dos años de preparación. De allí en más La Andariega fue el nombre de su teatro y éste, ya en carro, ya en canoa, en automóvil, en tren, en avión y en diferentes vehículos recorrió primero la Argentina, los países de América y luego Europa; llegó al Asia.
Esta es la historia de un caballo que perdió la cola. Era un caballo blanco con una larga cola blanca. Un día, al cruzar un arroyo, vio en el agua su belfo mojado, sus orejas puntiagudas, sus cuatro patas, y no vio su cola. Entonces, se detuvo; miró hacia atrás, y la cola no estaba.

-¿Dónde olvidé mi cola? -se preguntó el caballo blanco.

Retrocedió. Fue a buscar la cola. La buscó entre unos tréboles; después fue a buscarla donde había comido flores de cardo. Reconoció sus huellas, y a cola no estaba.

Y volvió a preguntarse:
-¿Con qué espanto las moscas en verano?

Y agregó:
-Quizás la olvidé en el agua.

Regresó al arroyo. Miró hacia el fondo, abajo. Vio unas piedras limpias; vio pasar el agua; vio raíces, unos troncos; vio unos peces, un botón; vio un pez largo, delgado, y la cola no estaba.

-Estuve ... -trató de recordar-. ¿Dónde estuve? Recuerdo que esta mañana al despertar tenía mi cola. Recuerdo -añadió- que tenía también mi cabeza, mi cuello, mi lomo. Y había un perfume a yerbabuena. Después...

(La pampa es larga, ancha. Ni el cielo la limita, ni unos postes con alambres de púa. El ojo ve donde se juntan cielo y tierra; pero la pampa va más lejos. Siempre hay un pájaro, una nube, un molino, un hombre caminando que no llega.)

-Quizás -se dijo el caballo- nunca tuve cola. Quizás llevaba atrás la rama de un árbol, la rama de un sauce.

Se puso triste. Lloró unas lágrimas redondas, espesas. Y se tendió en la hierba sollozando.

-Un caballo sin cola no es nada-dijo.
Y se quedó dormido.

Esa noche soñó el caballo blanco. ¡Chas! ¡Chas! ¡Chas! Sus patas en el agua. ¡Chas! ¡Chas! ¡Chas! Su cola en el agua.
Y vio en un trebolar su cola alta y su cabeza abajo, su belfo abajo, sus dientes masticando. Y vio entre los cardos su cola arriba, alta, y sus dientes mordiendo espinas, tronchando tallos que crujían, y el belfo a ras de tierra.
Y vio el campo que se abría como un abanico. Y él sintiendo unas espuelas, un látigo, unas riendas, un hombre, y atrás su cola en el viento que lo iba llevando por una luz altísima.
Y vio en el sueño su cola enorme, su cola de caballo bajo la lluvia. Su cola y un hombre arriba, sudando, con un mensaje entre la camisa y el pecho.
Y vio en el sueño su larga cola mansa, y un hombre silbando que lo llevaba lentamente, y un llegar donde hay fuego, y donde una voz canta y suena una guitarra.
Y vio en el sueño su cola luminosa, inmensa, colgada entre un árbol y la luna, y él subía detrás, buscándola.

Al día siguiente despertó el caballo blanco y se preguntó:
-¿Cómo puede caber en un sueño una cola tan larga?
Miró hacia atrás y...

(Señoras, caballeros, niños; hay que darle fin al cuento. Tengo un papel, una lapicera; puedo escribir -éste es mi oficio-: "Al despertar, el caballo blanco no tenía cola; la había perdido entre unos tréboles; fue a buscarla, y no la encontró". O bien, escribir: "Al despertar, el caballo blanco encontró su cola; se le había perdido y la halló al pie de un cardo, o a la orilla del agua, y fue feliz").

(Le ponemos la cola; es mejor. Pero no esa cola inmensa, luminosa como la de un cometa, que llegaba desde la copa de un árbol a la luna. No, le ponemos una cola razonable y útil; la cola de un caballo, y puede ser larga, puede llegarle hasta la corva o más abajo, a los garrones. Una cola que a moje la lluvia, que se llene de abrojos o que a veces se le enreden esos hilos sedosos de una flor de sapo o algunas mariposas muertas o la baba del diablo. Una cola que pueda espantarle las moscas en verano).

(Además, ¿quién ha visto un caballo sin cola?)


Javier Villafañe, "El caballo que perdió la cola", en Los sueños del sapo, Hachette, Buenos Aires, 1963.

Gentileza: Biblioteca La Andariega

 
2011 ♥ Javier Villafañe Adaptación de Plantillas Blogger
Diseñado por Garabatos sin © (2009/2013)
RECURSOS UTILIZADOS:
★ Gradientes en CSS ★ VAGABUNDIA
★ Sombras con CSS ★ GEMA BLOG
Fondo: ✿◕‿◕✿ Un simple scroll del background ♥ VAGABUNDIA ♥
Botones con CSS ♥ VAGABUNDIA ♥
● Black Horizontal Menú OnlyCssMenu